18 de noviembre de 2020

Jordi Gracia: Una democracia sin brújula

Jordi Gracia: Una democracia sin brújula

Décimo segundo capítulo del libro Laie 40 anys. 1980-2020 que hemos publicado para celebrar nuestro aniversario.

Publicaremos poco a poco todos los capítulos en nuestra web.

 

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Una democracia sin brújula 

Jordi Gràcia. Crítico literario y ensayista

La acumulación de nombres y tendencias de la literatura española de los últimos cuarenta años, en lugar de provocar un derrumbe ha configurado un paisaje fascinante.  

 

Quizá por la atosigante influencia de los medios, quizá solo por razones de biología histórica (por decirlo así), los últimos cuarenta años han vivido unos cuantos temblores sísmicos de signo literario. El más llamativo en los tiempos recientes ha sido la emergencia tenaz y consistente de una nómina de mujeres escritoras que conciben el oficio sin renunciar a su feminidad pero sobre todo instaladas sin reservas en sus convicciones estéticas, éticas, políticas y literarias. Almudena Grandes, Marta Sanz, Remedios Zafra o incluso la más joven Cristina Morales han fijado la atención del público lector y parecen haber relevado nombres muy sustanciosos de la primera democracia, como Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Esther Tusquets o Ana María Moix.  

Sin embargo, los empujones que ha vivido el sistema literario en su integridad han ido más allá de esa refrescante naturalidad con la que el lector, el medio editorial y los periodistas culturales acogen la literatura femenina. Los 40 años de democracia han vivido la consagración y el lento olvido de una espléndida promoción literaria que ignoró decididamente las circunstancias históricas y escribió sin mirar de reojo a comisario alguno, ni ético, ni estético, ni político: Juan Marsé siguió siendo un novelista infalible para el lector medio y culto mientras Juan y Luis Goytisolo siguieron asumiendo riesgos literarios, y a veces temerarios. A pesar de su temprana desaparición, ni Juan Benet ni Juan García Hortelano decayeron en democracia de su papel magistral, como no lo hizo el novelista reconstruido en ensayista Rafael Sánchez Ferlosio, y a cambio preludiaron la evidentísima emergencia de nuevos cachorros con alto grado de independencia y una suerte de motivación ajena a la que habían vivido sus mayores: los años noventa mimaron la consagración de nuevas voces hechas con mimbres tan dispersos y tonificantemente provocativos como los de Fernando Savater y Félix de Azúa o como los que muestran la aventura gamberra y el humor inglés de Eduardo Mendoza, la pluralidad de lenguajes narrativos de Manuel Vázquez Montalbán, el ensimismamiento meditativo y a veces engolado de Javier Marías, la concentrada vitamina moral de los afectos de Antonio Muñoz Molina, la fastuosa imaginación irónica de Juan José Millás, la poderosa evocación intimista de Álvaro Pombo o la plenitud confortable de las tramas sentimentales y dolidas de Carmen Martín Gaite.  

Con los poetas no sucedió nada muy distinto y el rastro que dejaron los mejores mayores —Jaime Gil de Biedma, Ángel González, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda— fue fecundo en nuevas voces tan aclimatadas a la nueva democracia que parecieron ejercer de portavoces líricos para una nueva sociedad. Eso parecían significar los libros nuevos de Luis García Montero, de Felipe Benítez Reyes, de Carlos Marzal, Andrés Sánchez Robayna o Chantal Maillard a lo largo de los años noventa y dos mil, aunque llegasen también meteoritos de otras galaxias, como los pasmosos poemarios rescatados de José María Fonollosa, o no perdiese vigencia la exploración más críptica y a ratos jeroglífica de poetas como Pere Gimferrer, Guillermo Carnero o Leopoldo María Panero u Olvido García Valdés, o incluso aquellos que desafiaron las divisiones administrativas y publicaron sus arquitecturas líricas en ediciones militantemente bilingües como Joan Margarit.  

Pero entre las novedades más valiosas y estructurales hubo una cuya fiebre no se ha apagado y ha contaminado visiblemente la novela del siglo xxi con ingredientes atrevidos y a la vez populares. La voz del escritor se ha hecho audible en la novela literaria desde la primera década del siglo xxi con inventos decididamente irónicos y metaliterarios como los de Enrique Vila-Matas, pero también con la apuesta por fundar el relato en el yo de un escritor ansioso por abordar brechas morales, despejar equívocos históricos e iluminar carencias del presente. Las novelas de Javier Cercas desde 2001 daban una pauta nueva a la novela para abordar las trampas del pasado anclado en el presente, como Francisco Casavella parecía el heredero genuino del mejor Juan Marsé, Ignacio Martínez de Pisón hacía pivotar su novela cada vez más hacia la historia reciente o Rafael Chirbes afrontaba seriamente su autocrítica generacional, Almudena Grandes exploraba las tramas espesas de familias cruzadas con la historia o Vicente Molina Foix sumergía las manos de la ficción en las aguas de la memoria.  

La sintonía con su momento histórico que captó Javier Cercas hacia 2001 parece haberse repetido con la obra de Fernando Aramburu en los últimos tiempos, pero ninguno de los dos ha sido autor de fórmulas, de la misma manera que parecen haber redescubierto un buen puñado de escritores las virtudes literarias de los formatos expresamente autobiográficos en su doble modalidad de memorialismo y dietarismo. El pionero solitario durante un tiempo pudo ser Francisco Umbral, pero muchos otros encontraron en la autopsia en vida el motor de su escritura, y entre ellos están las incontables páginas de diario publicadas por Andrés Trapiello, por Miguel Sánchez-Ostiz, por Antonio Martínez Sarrión, Ignacio Carrión y últimamente también por Ignacio Vidal-Folch o por Iñaki Uriarte. En la autobiografía prevalece la narración, la introspección y la circunstancia, y en ese combinado encontraron su forma novedosa en el panorama español escritores tan atípicos como Jorge Semprún y Carlos Castilla del Pino, por razones distintas, pero también memorialistas tan dopados de veracidad como Jesús Pardo, Luisgé Martín o Manuel Vilas, cuando ya el lector sabía desde años atrás lo que era capaz de dar el género en las manos severas de Juan Goytisolo o en estilizadas y a menudo fantasiosas de Carlos Barral.  

 

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